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Villas Fundacionales

Trinidad y Sancti Spíritus bajo el azote de piratas y corsarios

Trinidad y Sancti Spíritus bajo el azote de piratas y corsarios

Desde el mismo siglo XVI  -el de la fundación- y hasta bien entrado el XVIII, piratas y corsarios incursionaron sobre nuestras dos primeras villas impulsados por su desenfrenada codicia.

Perdidas en un piélago de almanaques andan por ahí las historias verdaderas de las agresiones de corsarios y piratas a nuestras costas, unidas a las leyendas que tejen los hombres, tan dados a rellenar los baches del conocimiento con invenciones salidas de su imaginación inagotable.

La tradición recoge -y los textos también- que en 1584 y luego en 1665, 1667 y 1719, esos malvados y asesinos arremetieron contra la villa del Yayabo, para saquearla y escarnecerla. Asimismo, que en mayo de 1675, diciembre de 1702  y el verano de 1797, atacaron o amenazaron los piratas -y otros- por las costas de Trinidad, siempre llevados por su codicia y voracidad sin límites.

PIRATAS CONTRA EL SANTO ESPÍRITU

Muchas cosas pasaron en el entonces menguado villorrio del Espíritu Santo, entre la Pascua de 1665, cuando fue saqueado y casi devastado por los piratas, y agosto de 1667, en que aquellos bandidos de la mar océano intentaron retornar a la villa para repetir sus gratificantes fechorías.

La historia no lo dice en sus páginas, tantas veces destruidas en los archivos por el tiempo implacable o por el más expedito azote de frecuentes incendios pero, por lógica, se impone que al entonces alcalde Antón Camacho le costó el puesto el descalabro que sufrió el poblado el 25 de diciembre de 1665 a manos del pirata francés Pierre Le Grand y su horda de asesinos aventureros.

A Camacho y a los suyos los cogieron “asando maíz”, como se dice. Tan despreocupados vivían que no habían tomado ninguna previsión para enfrentar tal desgracia.

Fue así que el día de la citada Pascua navideña, no bien salidos de la iglesia donde había oficiado misa el cura vicario Bachiller don Alonso Menéndez, al entrar a la plaza que le quedaba enfrente vieron llegar a todo correr a un hombre que se dirigió al alcalde y le gritó: “Los piratas!”. Enterado Camacho de que los bandoleros se encontraban ya por las Minas, ordenó tocar rebato para avisar al vecindario, y, sin tiempo ya para organizar la defensa, cada cual recogió lo que pudo y abandonó su casa, buscando refugio a todo correr.

Los asaltantes se llevaron de la iglesia los ornamentos y vasos sagrados, y con ellos un gallo de oro que había donado don Pedro Pérez de Corcha y que se encontraba en el Altar Mayor, retornando a sus naves por donde mismo habían venido y sin que nadie les molestara en su trayecto, mientras  devastaban las fincas por donde cruzaban.

A LA SEGUNDA FUE LA VENCIDA

Pérez de Corcha era un hombre de carácter fuerte, heredero de las primeras generaciones de peninsulares que anclaron sus destinos en estas tierras, quien asumió como alcalde de la localidad en sustitución del defenestrado Antón Camacho.

El 20 de agosto de 1667, sin cumplirse aún dos años de la anterior incursión pirática sobre la villa, llegó a oídos del capitán Pérez de Corcha la pésima nueva de que unos corsarios habían atracado sus naves en Tayabacoa y venían con rumbo al Santo Espíritu. En el alcalde la ira y el rencor se impusieron al miedo y, deseoso de vengar el ultraje hecho al pueblo y en especial a la iglesia, mandó tocar somatén.

Como lo tenía dispuesto, en breve tiempo se formó una milicia armada con machetes, espadas, cuchillos, arcabuces, trabucos, viejas pistolas y hasta mazos de madera.

No bien había recorrido la tropa escasas dos leguas, chocaron con los bandidos de Le Grand, quienes "volvieron por lana y salieron trasquilados" al ser acometidos con odio y fiereza por una turba de paisanos que, no obstante carecer de disciplina y práctica guerrera, se batieron bizarramente, como que en ello les iban vida y haberes.

Superados por el número y sorprendidos por el empuje y decisión de los vecinos, los piratas huyeron hacia la costa, dejando varios muertos en el terreno de la lid, mientras los espirituanos tenían que lamentar la pérdida del valiente regidor, don Antonio Ramírez, segundo de Pérez de Corcha.

TERCER INTENTO FALLIDO

Todavía realizarían los piratas un postrer intento, esta vez el 13 de diciembre de 1719, cuando oficiaba como alcalde de la villa Don Francisco Baracaldo y López de Oviedo, quien, avisado por Juan Benítez Noroña, un labrador que vivía cerca de la costa, movilizó a los vecinos y salió a enfrentarlos con igual coraje que 52 años atrás lo hiciera De Corcha.

Apenas habían andado una legua cuando en la sabana de Las Minas encontraron a los bandoleros. Se entabló entonces mortal refriega, en la que los invasores llevaron la peor parte, pues, arrollados por la fuerza de Baracaldo, emprendieron veloz carrera hacia sus naves, luego de sufrir  bajas sensibles.

Pero los del Yayabo perdieron al hombre que los había salvado con su oportuno aviso, cuyo cadáver fue llevado a la población y sepultado con todos los honores.

LA TRINIDAD COMO OBJETIVO

La villa trinitaria, tan próxima a la costa en medio del Mar de las Antillas, atesora historias que harían morir de envidia al mítico personaje interpretado por el gran actor Johny Depp en la saga Piratas del Caribe, cuyos lances resultan pura fábula.

Inmersa ella misma en el corso, el filibusterismo y la piratería en los siglos XVI-XVIII, sufrió los avatares de las guerras y rencillas entre España y otras naciones europeas mientras  ejercía el comercio de contrabando con la colombiana Cartagena de Indias, Portobelo y Chagres, en Panamá, la isla de Jamaica, y con los mexicanos Veracruz y Campeche.

Así, en la década comprendida entre 1556 y 1666, corsarios holandeses abordan un galeón español en los mares al sur de Trinidad. Nueve años después, el 5 de mayo de 1675, asalta y saquea la ciudad un grueso contingente de piratas ingleses al mando de John Springer.

Y tras un “receso” de 27 años, el 8 de diciembre de 1702, desembarca en Casilda el corsario inglés Charles Gant al frente de 300 hombres y se apodera de esclavos, alimentos y objetos de valor, haciendo tanto estrago que a raíz de esta incursión los españoles crearon compañías de milicias y emplazaron un cañón en el cerro La Vigía.

Con posterioridad a estos hechos, aunque hubo amagos de piratas sobre las costas espirituanas, estos no llegaron a desembarcar, gracias a la vigilancia de las milicias locales en las inmediaciones de Tayabacoa y Morón. Solo en 1797 fuerzas navales inglesas de su flota del Caribe tratan de penetrar por el poblado de Casilda, pero fueron enfrentadas por las milicias de vecinos y obligadas a reembarcase.

No, no tuvimos el honor dudoso de haber sido asaltados por bárbaros de mayor rango, como Jacques de Sores, Henry Morgan, Roc Brasiliano, John Roberts, Nao El Olonés o Pata de Palo, pero Springer, Le Grand y Charles Gant, dejaron sobre esta tierra huellas de piratas.

Fuente: escambray.cu

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